Sunday, December 9, 2007

El guabá

No quiero pensar porque no quiero que el color del corazón se una al dolor del pensamiento: Emilio Castelar

La gente no quiere verlo. Ni recordarlo. Ya no se sabe dónde está. A menos que su paradero sea la tumba, o el frío e infernal destino de los muertos. Mejor será que nadie mencione al hombre que adquirió rango de canalla, tan insperadamente y cuando viejo.

¡Se le quiso tanto!, dijeron al párroco de turno. Y, hace unos meses, una beata de la iglesia, criada que limpiara su apartamento, sorprendió al perdido con una mujer desnuda en su recámara. Es cierto que no estaban en acción. Pero ella le mostraba el nalgatorio y sus pantaletas estaban sobre la alfombra y el padrecito tenía los ojos asustados.

¡Fue a Débora a la que vio! Una víbora siquitrillada. Desde siempre una niña coqueta. Crecida, mozalbeta gallaruza, problemática, buena para nada, barril de pólvora, cercano al incendio permanente de la vida, según la describiera más de uno.

Y la criada paró la oreja, se apertrechó discretamente y oyó lo que la mujer y el cura conversaron: Mujer, ¿qué has hecho? ¿Cómo te dejaste tatuar un guabá en el trasero? ¡No eres la misma que yo conocí?¿ Dónde esta la niña que fuiste y que yo admiré?

Ante la observación, Débora se quejó: ... ya no te gusto, ya estoy fea, ¿no? ¿Por qué me acuestan si me van despreciar al poco rato? Pues eso me pasa, que no hallo a uno fiel y verdadero. Que todos toman ventaja y me abandonan. Me tiran como chancla como hizo usted...

El respondió:

... Te alejaste de la iglesia, hijita mía. Te he buscado y me rehuyes... Te pedí perdón y no has perdonado... y sabes que fuiste mi primera pasión y te quiero bien, pero ahora en el amor de Cristo...

Ella se quejó:

... ya no te gusto, ¿no? porque he sido de varios hombres y tengo un macho de verdad que no se esconde en la sotana; y él me pega y me aborrece, pero me come cuando quiere...

Es todavía hermosa; su rostro tal vez menos que diez años atrás. Hoy es su alma lo que apesta. Es mucho más enojona, garrullera. Su boca es un cuchillo que él ya no besaría. No queda en ella una pizca de inocencia. Ante él, quien la amó con transparencia, irrumpió con violencia inoportuna. Casi asaltó la casa cuando la criada abrió el portonzuelo que va a la habitación del Virtuoso de Cuenca. Débora se levantó el vestido como una putezuela. Le mostró el tatuaje que estamparon en su piel: Una vez te comparta mi ponzoña serás mía para siempre... Un guabá con dicho lema arde cuando se deposita sobre las asentaderas.

Vino a provocar al viejo que puso fe en ese perdón que ella no le dio con la humildad y certidumbre con que él lo esperaba. El mensaje del tatuaje sería una declaración de guerra, no sólo una amenaza...

Cinco años atrás, aún más hermosa, el cura supo que se embuchiría. Sería como el guabá de la nalga: una araña peluda y cuya mordedura sería letal. Supo que bebía en los bares y, en ebriedad, maldecía haberlo conocido. Blasfemaba el nombre de Dios.

Dejó, por igual, la universidad por un hombre que se ha tatuado el cuello, las espaldas, los brazos y parece una vitrina, con escenas de estúpidos motivos... ¡Qué mucho ha cambiado! Ovejita del descarrío: Débora, pobre mujer...

A los 13 años, cuando ella fue adolescente y virgen, él la bendijo con su mirada y, a solas, al reflexionar sobre la brutalidad de la estructura social del mundo y la naturaleza del pecado, ella venía a su pensamiento y, al mirarla, sus ojos se consolaban y al dolor del mundo, él lo pensaba menos. Cuando hay esa belleza y esos regocijos que ella inspira, el mundo es perfectamente vivible, casi arcádico...

Ella vino a confesión, por tercera vez, después que él quedara embrujado por su encanto. Y por hallar este consuelo, la compañía y las frases de estímulo con que él la animaba, creyeron ser amigos, a pesar de todo. Débora nació en una familia que Dios bendijo con mucha riqueza de fe y de medios. Y a la ovejita negra de la grey, niña en la que se fijó, había confiado su amor y su líbido. Ahora supo que tenía un novio de oscuros orígenes.

A solicitud de su familia, él dio reprimendas, a veces consuelos; pero, siempre ¡lo mejor de su buena voluntad! Y, aunque se la había sentado en las piernas en par ocasiones y, encantado por sus lindos pechos de niña precoz, aunque quiso dormirla a besos sobre su pecho y tenderla sobre su sotana, se detuvo.

De pronto, la mujer estaba allí. Ayer, el más lindo cordero, la ninfa de los cuadros de Gessner que su padre amaría igual que él si la hubiera conocido, tenía una actitud diferente. A pesar de sus hábitos, esa niña de ayer hizo que él sintiera que tenía un corazón de pastorcillo y que en su comunidad se halló La Arcadia y una ninfa vibrante.

Una complicidad divertía a Débora. El ya sabía que había caído en manos suyas, al chupar de sus teticas y hundirse, de narices, sin bigotes, en su coño y besar las nalgas, con más pasión podenca que los perros salivosos que lamen una herida.

Antes de su tatuaje, a ese tajo insinuante, indescriptible, cismático, lo admiraba. ¡Qué lindo culo de mujer, Débora! Extasiado por ver la ranura, divisora del doble hemisferio de sus nalgas, por no desflorarla, apeteció tomarla por el ano.

Habría jurado que, de haberse liado con ella en sodomía, por el agujero del enchutaje, se vaciaría toda la fe que de él hizo al cura y al varón decente, generoso e idealista, que anhelaba ser. Ella lo miraba, traicionda por la sed del deseo, y sus ojos se le iban a las pelotas y al pene del Virtuoso de Cuenca y por ardor y ansiedad vital, jadeaban ambos.

¡Sí, con mucho gusto, ella se habría entregado y él, maduro, humano y pecador, como todos, lo adivinaba! Lo temía.

En un segundo, a la vista del cuerpo de la niña, se sucedieron unas imágenes, unas tras otras. Las vio como si fuesen fragmentos de video, las oyó como si las cantara el coro de su iglesia, la olió como pólvora que, de pronto, estallaría hasta chamuscar sus mejillas con una sensación menos agradable que esa mezcla de rubores y aromas que dejaran los muslos de Débora pegados a su piel...

La primera imagen es de una mujer, Inés de Manfield (tan linda como Débora); la segunda un Arzobispo, Elector de Colonia, que es él, el Padrecito 4 siglos atrás, al menos, o cualquier otro con sotana.

La tercera visión alude al Papa desautorizador y la cuarta es una imagen sobre los cinco años de guerra, a partir de 1583, que ese incidente que recuerda de sus lecturas teológicas produjo. El sacerdote Gebbard se había enamorado de Inés y deseoso de casarse con ella, abrazaría el protestantismo, polarizaría a los feligreses de Colonia y arrastraría la ciudad a la violencia.

Hay que aprender de la historia y de los siglos. Tendría que evitarla.

... cúbrete, pequeña... vístete otra vez... es mejor que te vayas porque ya hemos pecado...

Ella preguntó: ¿No te gusto?

El reaccionó: Me fascinaste, pero vete...

La boca del cura siempre tuvo un delicioso tufillo, casi siempre dulce como prisco, y comer la ostia, entregada por sus manos, para ella fue dispensarse el pensamiento de ser deseada y amada desde una raíz profundísima de vida. Por esta convicción siguió en la Iglesia, creció, se enamoró, olvidó, hasta que empezaron a dañarla los hombres que no eran como el Padrecito.

¡Otros, otros! Y lloraba al confesarlo.

¿Qué pasa con tu vida, Débora?

Demasiado, por desgracia. Dos veces consecutivas su novio la plantó ante los altares.

En cuanto a él, muchos lo conocieron bien. De él recibieron consejos y bendiciones. Por eso lo llaman el Padrecito. Fue varón excepcional y santo hasta hace tan poco. Y recibió muchos apodos cariñosos, pero hoy la gente desempolvó un gesto vindictivo. El curilla está acostado sobre una peña de granito.

¿Dónde recostaré mi cabeza?, pregunta.

Escucha a la gente incrédula. Desde el campanario, se repica un salmo que condena. La confianza de creyentes, cebados de espiritualidad y prudencia satisfecha, ha sido defraudada.

Mea culpa, mea culpa.

Por esos mismos días, cuando su vida se ensució por chismes y diretes, se halló un cadáver. El evento ha creado cierta confusión. Se dijo que, en su pequeño apartamento, cercano a la parroquia, el Padrecito se habría quitado la vida. Mas ningún comunicado de prensa ni funcionario en la arquidiócesis asegura que el muerto es él. El cadáver está en la morgue, aún sin identificar. La mayor parte de los vecinos calla. No han ido a verle ni se quitan la duda. Si el cura ha muerto de veras a nadie le importa ya.

Débora y su familia, únicos que, por actitud de atropello en la ciudad, no cejarían en su empeño de escarnecerlo, después que la criada dio la queja, han dicho que él está vivo, solapado por la Arquidiócesis y que el cadáver en la morgue será el de un indigente. Un tipejo será, desafortunado por el vicio y sin hogar; uno que entre pecadores de la peor estopa, el Padrecito, bobalicón y simbombo, compadecería.

No es la primera vez. A los criminales, lo mismo que a los humildes, él juzga con gentileza frailuna y, si los ama, al encomendarlos a la Voluntad de Dios, con la misma vara y medida que ama al virtuoso, los pondera siendo perversos. Habría asignado un catre de su alcoba al muerto y, de seguro, lo tuvo bajo su techo, cobijándolo con frazadas limpias de su gavetero y accediéndolo a su baño, porque, providencialmente sobre el Padrecito se recuerda su sermón por los pobres. Uno en el cual dijo que, para los desamparados, vivas almas sobrevivientes de las calles, los descarriados más hedientes en carne de pecado, los mugrosos de catinga y sobaquina, gozar de un largo baño, con jabón perfumado, de una taza de café y un caldo enjundioso de gallina, es su primer día entre los justos. Es entrar, con anticipación al rapto hacia los Cielos y ser bienaventurado, en las moradas que Jesús, la Puerta Abierta, ha prometido. Voy pues a preparar lugar para vosotros...

Un cafunga se murió en la casa del curita. Débora se pregunta si habría tenido algún mérito que el Padrecito adivinara cuán afligida tuvo el alma el desgraciado y regresara de su escondite y diera santos óleos. Según ella, el Padrecito perdió su virtud y de su corazón se borró la autoridad de Dios. Y ya no sabría dar auxilio al que sufre, ni dar almíbar a los asuntos que antes él razonó con tino.

¿Quién imaginaría que, cuando ella tiernamente se acercara en aras de consejo, lo que él llamara su filosofía de la realidad, Wirklichkeitphilosophie, quedaría reducida a la imagen de una araña peluda y venenosa, que mordería a sus fieles para originar un lento sufrimiento? Incredulidad y venganza.

Este guabá también te acusa, Padrecito, había dicho Débora.

Ahora, mejor que sea de ese modo, en candelero público, está expuesta su maldad ponzoñosa. Por diecisiete años, Débora supo cómo el curilla gaspaleó entre aguas turbias. Por tal razón, se arrepiente de su confirmación católica. Ha dicho acerca del bautismo (tema acerca del que él hablara muchas veces, aludiéndolo como una protección divina para pervivir en la lucha contra las tentaciones de este mundo), que es una ardid satánica y que ella lo ha verificado por seductivos rituales. Casi siempre oníricamente.

Cuando escuchaba alguna misa que él oficiara, Débora sucumbía en malos pensamientos. En la mañana, por haberlo escuchado, o por sólo haber pisado los atrios parroquiales, alegaría que ella despertó con sus pantaletas en los tobillos, el olor de semen, el vestigio de la boca de él, el sabor del vino de la iglesia, el olor de lirios e inciensos del altar. ¡El olor a él y sus lujurias! ¡el pandemonium!

Desde que las manos del teutón cuequense levantaron su faldica y acariciaron sus muslos virginales, Débora ha insinuado que ha perdido la paz. Abre sus ojos enormes, pero no llora. Me embrujaste, Satán de Cuenca, dice. El sí ha llorado como un niñajo arrepentido. El macabro oficiante, el dizque Virtuoso de Cuenca, utilizó su lengua con sabiduría convincente porque su elocuencia en los sermones la cautivó; pero, al mismo tiempo, además de sus palabras, el órgano se fue yendo a campo traviesa y a lamidas, como ágil y rasposa serpiente, invadió en lo profundo de sus vedijas.

El buscó su alma y la llenó de babas con su boca. Sedujo con poder no humano, diabólicamente. Ella quedó adormecida con regocijo misterioso...

... como si me drogara...

y las bragas se quedaban colgadas a la altura de sus pantorrillas y tobillos. Con sus mejillas, como radar, él recibía las vibraciones cercanas: las rodillas femíneas, tan suaves y sedosas. Entonces, él pensaba que la mujeres son ángeles, más vaporosos que óseos y se gozaba. Sus pómulos, sus orejas, sus labios... toda su tez, al rozarse o sumergirse, o extasiarse dentro de las entrepiernas que Débora abría, ahuecándolas como dos puertas, se silenciaban los ecos de su vida repimida. Sentía que aún las superficies más dulces y suaves de un cuerpo femenino, tienen átomos en llamas y temperaturas que a él agradaban más que la brisa del invierno y el aroma de las azucenas.

Desafió su escrúpulo, su miedo angustioso. El filtró sus manos y jaló el elástico que sujetaba la bikini a ella. Al fin, porque se las descorrió, emocionada y despaciosamente, ella se abrió. Una vez quedó sin pantaletas, estaría a su merced. Las manos, impertinentemente tibias, apretaron sus pulpezas. Y aún debajo de sus muslos y sus nalgas, el áspid de su lengua y de sus dedos taladraron. Se premió el alma cuando mordió su púbis. Y vino un orgasmo, uno y otro. Y ella jamás olvidaría que fue una inesperada complicidad de regocijo.

El sonrió complacido.
7-3-2002

El muerto

Dios es incierto. Dios es angustioso.
Dios es como la
mujer desnuda:
Yván Silén

Enterado de las cartas de su padre, el expulso sacerdote evitó la invitación al encuentro. No quiso ir a mentir diciendo que todo esté en perfecto orden. La iglesia lo bajó del pedestal en que lo puso. En su dulce rostro de antaño se marcó un rictus de amargura. Su cuerpo es un garrobo. En pocas semanas adelgazó mucho. Su cabellera cae sobre su frente como alpiste y hierba tembladora desafiada por la brisa. Viran las caras y niegan el saludo las mujeres que a él, en confesión, habían contado sus intimidades, de verbo ad vérbum.
Débora trajo a su conciencia mil mortificaciones al acusarlo sorpresivamente. Había acariciado sus muslos. Chupó de su pozo más secreto. Jamás pensó que esta verdad de su acto se dasataría diecisiete años después para hacer unos gigotes de su vida y volcarlo en el descrédito. Estaba excomulgado y sin trabajo.

Para el Padrecito había planes, aún no confirmados, de que sería llevado al extranjero, a no se sabe dónde, ya que un anciano pedía verlo en algún paraje de Europa. Una separación de 30 años, sin noticias entre ellos, al fin y a la postre, produjo que se recibieran varias cartas procedentes de Cuenca.

Su padre, hombre rico, centenario, amante de lo bello y lo sublime materializado, casi ilustre, fue discípulo de Karl Dühring y, cuando huyó de Berlín, por causa de la guerra, se asentó en Cuenca y crió de guacho al futuro sacerdote. ¿De qué manera, tan feliz y sin la influencia de mujer, o madre, lo habría criado, que él se decidió por la sotana y una vida discreta?

¡Esta vida que, por cierto, se ha escurrido!

Aún cuando no fue la carrera religiosa la que él quiso para el joven, el burgués se consolaba porque el muchacho era dulce, generoso y despierto y, antes de que partiera para sus estudios superiores de Teología, lo indujo a leer de su inmensa biblioteca. Junto a él admiraba las reproducciones de los lienzos de Salomón Gessner. Escenas bucólicas, ninfas y pastores, mundos casi angélicos de vida sencilla y paisajes, menos montunos y tediosos que Cuenca. Le inculcó, sin que se renunciara a la intuición de una belleza encantada y subjetiva, una concepción monista del mundo, al estilo de C. Darwin, R. Mayer, L. Geiger y, sobre todo, Ludwig Noiré.
En la hacienda de Cuenca de su padre, el seminarista cuando volvía a España, por unos días de descanso y vacaciones, en su lugar se ponía unas ropas de aldeano y llevaba, sin que nadie se lo pidiera, garrafas de agua fresca, o ajonjolí, a los campesinos que criaban cabras.

Sin embargo, han pasado treinta años. El no quiso dar la cara y se quitó la vida torpemente para evitar el reencuentro.

8-4-2002 / Adquirir Películas Click Here!

Oblatas del Santísimo Redentor

A Antonia María de Oviedo

A Antonia María nadie la nombra como Hermana, o Sor, en ese sentido de una protectora de la ofrenda / oblata, o falsas cortesías al oculismo divino. El rumor es que, en el pueblo de Ciempozuelos, habla un lenguaje de rameras, se inmiscuye con las mozas del partido y parece una de ellas a pesar de que viste sus hábitos monjiles y esos faldachones que disimulan su hermosura. Mas, dicho sea en verdad, es una monja que cree en Dios y practica las obras de misericordia, unas de las cuales son corregir al que yerra y redimir a los cautivos. Consuela a las que sufren; enseña al que no sabe y perdona las injurias.

Cuando visita los prostíbulos, la gente libidinosa reconoce el milagro («han vestido al desnudo») porque, sin duda, Antonia María llega con sus estropajos negros de religiosa y ella bien que se vería desempaquetada de sus faldachones. Tuvo una larga cabellera rubia, desgraciadamente hoy cortada. Si se hiciera rizos, vuelto a crecer su pelo, parecerían cataratas de oro, chorros de luz, que darían más brillo a esas estrellas azules que son sus ojos pegados al firmamento de su semblante hermoso.

Antonia María de Oviedo, fundadora de la Oblata de Ciempozuelos, también es llamada la Toña de Ciempollas. Desde que, en 1864, se dedicó a redimir al puterío, ha redimido a cien. ¿Quién diría que había cien pozuelos de amor por ahí esparcidos, cien pollotas cinga que te cinga?

Ya, en las afueras, no se consigue más, no se puede pagar a esas niñitas graciosas, aún inocentes, que todo lo ejecutaban con gusto, con agradecimiento. Nenorras que, si bien se tornarán impúdicas con los años, ejercieron con delicadeza las artes de amor. Las putillas de ninfalia virtuosa te chupan la verga sin prisa, como quien disfruta un caramelo. No están ahí, como las veteranas, apresurando su mamada con chapucería y gestos de 'ay no me gusta, no quiero', para tan pronto vean o las sorprenda el derrame y el desplome eréctil, voltearse y escupirlo con el desprecio de quien obtuvo un trago amargo. «¡Vístete y véte!» Bueno, cobran antes de dar cualquier servicio.

El sexo ya no tiene misterio, sino una compraventa con mecánico trámite. «Desfógate y véte, o beber y largarte».

Pero, gracias a la agenda de La Toña, se han aprendido muchas cosas en Ciempozuelos. Ella dice que aún el placer / el amor físico / el afecto son ofrendas que a Dios regocijan, porque El es la única causa capaz de producir efectos tan compensadores y deliciosos. En su congregación se enseña que los estados mentales son motivados por la acción de Dios y que las obras de misericordia no serían necesarias si no se creyera en ésto. Agrega que el Demonio / lo divino perverso, o dionisíaco, es una mera interpretación acerca de la riqueza del cuerpo, es decir, la sangre y la piel, que es la tierra, sobre la cual las aguas habitan. Aguas del placer, pero, obsérvese bien, Dios hizo los pozuelos de vida, el vientre y el sexo de la mujer. Dios hizo los días para que baje el óvulo y puso en las cavernas vulvares, la mucosa y el ritmo de sus contracciones. El sexo es una danza divina.

Por enseñar estas cosas y por utilizar unas analogías metafóricas, hoy por hoy, tanto la putarraca envejecida como la nymphette de nulípara, entienden el organicismo de su propiedad más valiosa. Son dueñas de sus cuerpos y la verdadera producción que con éste y de éste puede derivarse es tenerlo bien nutrido, sin hambre, proteger cada fase de su movimiento y cada posibilidad de su protección. «No salgan a la calle sin buen abrigo; no mendiguen en lugares oscuros», La Toña instruye.

La más linda de las putas de Ciempozuelos es una flaquita dulce como un higo de Murcia y dijo a Antonia María: «Los hombres me desearían más gorda para su mayor disfrute. Mis senos son demasiado pequeños y parezco un varoncito, un simple efebo mitológico».

«El que quiera leche que vaya a ordeñar sus cabras a su casa; el que quiera carne en abundancia, vaya y críe sus cerdos», contestó La Toña. «El capital que Dios te dio es esa esbeltez, niña mía. ¿No dijíste que bailas mejor que ninguna en el tugurio? No has nacido para impresionar con tetarrones. Capitaliza tu placer, no acumulando las grasas, a pedido de malagradecidos; en su lugar y empero, baila. ¡Es lo que tienes que hacer! ¡Danza, pequeña, como las niñas de Jerusalén!»

«Estoy llena de experiencias. No hay un amor sincero. ¡Puras decepciones con las promesas de tanto macho pretencioso y zalamero! Represento un billete que se paga de mala gana, porque ya no soy buena ni bella ni joven; pero tengo que vivir y pagar un techo y mi piso. Soy la ramera mala, la malquerida».

«Mujer, deja la taberna ya, no bebas una gota más con los cadetes y abandona el colchón de los placeres. Dios te quiere en la Oblata y te lo dicho. En oraciones, el Santísimo Redendor se me ha comunicado y dijo: 'Tráeme a esa gordita, a La Tabernera, ancha y hedionda como es, porque ella ha visto muchos caminos. Cada vena, cada arteria suya, se ha torcido hacia rutas sin paz, sin regocijo; varicocele espiritual se ha vuelto, mas aún así, vé y díle que, para la vejez de sus canales y túneles, para su piel agrietada y su furor uterino, tendré menos arrugas y un destino de besos. Tráela con el billete, o las monedas que a ella se dan de mala gana, porque yo fletaré un ferrocarril hasta mi casa y le daré morada en mi Cielos, en premio a lo que haya sufrido'».

«¡Bendita seas, hermana de las zorras!», contestó la vieja.

Así es Antonia María de Oviedo. A veces la Inquisición, las beatas y las Milicias calumnian, hostigan y aún arrestan las niñas viciosas que se escapan de la Congregación que fundara. Ella sufre con paciencia las flaquezas de sus putitas redimitas, niñas de la Oblata, con poco gobierno. ¿Quién puso orden en sus emociones, en sus cerebritos vacíos, antes que La Toña? Nadie las educa; el corazón es la Bolsa, pero le dicen: «Haz negocio con ese corazón pecaminoso. Súrtenos de placer con esa riqueza. Eres el banco de las liviandades y, nosotros, policías que te observamos, orientándote al orden».

Pues, la Oblata del Santísimo Redentor está haciendo una gran obra. En los prostíbulos que ejerzan las que saben cómo protegerse y acostar un cuaco majadero, como esos cadetes y vigilantes que multan y persiguen. Al policía, ténganlo contento con culiadas, insinuarán que también ustedes pueden chantajearlo donde más le duela. Ciertamente, ésto lo aprenden en secreto y en metáforas porque Antonia María, para ser tan jovencita y aristocratona, sabe mucho. Antes seducía a los poderosos, con una coquetería de ojos, un giro súbido de cabeza y desparrame de sus cabellos y rizos de oro. Su haldear cachondo es secreto todavía guardado.

Tal vez uno que otro día lo cuente todo: pero las putas, con sus pocitos de ternura y alegría, son ya sagradas en Ciempozuelos. Que nadie se atreva a ultrajarlas, sin tener su castigo. Si no lo cumple la ley, la Oblata va como un cuchillo. Que nadie la enferme, las golpée, o deje de pagarles. La Amiga de las Zorras está en vela.
3-6-1999 / Adquirir Películas Click Here!

El Gringo de Cubero

«El Gringo», ex-ratero, hermano de Cuco «El Puma», Rogelio «El Camarón», Felicia, Cuca y «Papiro", vivía al lado de la casa en que vivió «La Carlita», a sotta voce orgullo de El Pepino, ícono glorificador del sensual Pueblo Nuevo. Son hijos de Don Fundador Cubero, quien como Juan, fue socialista en tiempos del poder de La Mogolla. Cada uno de los hijos de Don Funda, forjó su historia, dibujó disparates en la memoria pueblerina... y salieron coloraos; sí, parecían gringos, ya que fueron grandullones, con genética esbelta, energía y buenos músculos.

En su punto de belleza, desde adolescentes, Cuca y Felicia exhibieron su esencia: ardientes, vivarachas, llamativas. Y Millán Matos, el proxoneta, les puso el ojo y se las llevó a sus bares de tugurio, donde los jíbaros galanes, después de la zafra o las cosechas de viandas y frutos en sus campos, paraban en la casa de «Ja», por los rumbos de Rabo del Buey, y le alquilaban las bicicletas de su agencia. Harán lo que se espera, en esos años de boleros mata-penas, melodiosos y velloneras que se ubican en esquinas para, desde temprano, en el tránsito vespertino hasta la madrugada, llamar al trago y al cachondeo tropicaloso.

«¡A tirar el plante entonces!», farfulló un cliente, corta-cañas, después que Ja rentó la bicicleta.

A ver a esas dos putas admirables: las hijas de Don Funda.

«Echar mi billarcito es lo que me place!»

«Bailar con Felicia La Camarona es lo que quiero», dijo el otro.

En fin, sus aromas tiene, por igual. Cuca Cubero... porque su propaganda, vox pópuli, alega que es la más linda de todas. Tan linda es que a buscarla, con Millán, viene Forito y Santos Méndez y la llevan a sus lugares, como si fueran baales. Casi divina se juzga la hermosura de Las Camaronas, por lo que, en las Ninfalias del paraíso del Amusement Center, ellas son vestales, centro de las miradas apetentes.

Papiro fue un muchacho estudioso, serio, aplicado. Su inteligencia consolidaría las sobriedades del buen comportamiento. Al crecer, viendo el pueblo, su familia y su némesis, emigró a Pennsylvania y se olvidó de Pepino.

No así Rogelio, el primero de los camarones.

Tenía las manos largas. Ojos de lince velón. Por endijas de las chozas de madera de Pueblo Nuevo al Guayabal, de Stalingrado a Tablastilla, metía sus ojos salaces; se ligaba a los maridos en faenas, a las hijas que crecen, año con año, dormidas sobre catres, moviéndose, semidesarropadas, nerviosas por el frío o el calor de la noche... Un día serán hembras, dignas de que una pinga les rompa las cobijas y les visite muy hondo, vulva adentro y las ponga a gemir en despatarres. Es un espión, perseguidor de pantaletas. Se las roba de los cordeles. O mete manos hurtadoras en las tinas de lavado. Las saca del fondo jabonoso de algún baño cuando cree que ninguno lo observa. O ve cuando la lavandera da por terminada su faena y cuelga muchos trapos a secarse.

Un tendido de pantaletas es un tesoro. Una tentación [para juegos retrercheros] de su psiquis.

Es un fetichista consumado. A la copa del corpiño la muerde, sin lograrlo. A las pantaletas las huele, las besa y, en alucinaciones, se las ingenia para vestir a sus amantes. En su imaginación varonil, quisiera ser como Elvis Prestley o, al menos, como Rubirosa. Es que, con deleite, fuma la yerba marihuana. Vive acelerado desde el alma; pero su carne sube a un carro acelerados. Y lo lleva hasta las nubes donde el placer juega su billar y él siempre gana y autoriza, por ello, a que limpien su alma de carencias y de maldiciones.

Rogelio se conoce los callejones donde hay bares y ventorrillos. Es, en la fondita, de Tito Vargas donde come su platillo de cuajito, morcillitas y modongo y, a veces, se atraganta. En el barecillo, con Don Pita, el consejero, es donde él espera que avance la noche, ya que irá hasta el Casco del Pueblo y buscará una tienda con vitrina.

Donde haya maniquíes femeninos, con bustos que le quepan en el puño, verá a seres casi en pañales o en falditas. Ante estos figurones o angelones se hará unas pajas en caliente. Serán puñetas enervantes por la abundancia líquido-jariosa de su impulsión y erotismo. Dejará el semen chispoteada sobre el cristal y volverá a Pueblo Nuevo, sonriendo. Las puñetas puede que se lo coman en vida; pero, son más fáciles de adquirir que la droga, o el alcohol, o las mariposas en la noche.

Este es un titerón con palomilla. Bebe y jode cuanto puede; pero cuida su predio y tolera los valores que le enseñara su padre desde los tiempos en que Chilín Echeandía cuidaba la lealtad del voto por la Unión Republicana y La Mogolla, que presidió el buenaso de Don Nito Cortés, alcalde socialista del Pepino.

Don Funda y Chilín anduvieron con la Banda de los Siete Puñales, negros pistoleros de Tras Talleres, Santurce, pero profesionales. Extorsionaban a punto de revólver. A los valientes, boquirrotos, los neutralizaba el miedo, el miedo. Con las Siete Puñales a muchos liberales se les dieron sus matariles y golpizas.

El padre educa como puede al familión que tiene, aunque de hembrotas, como sus hijas, sabe poco. Espera que se casen bien, que ganen sus billetes, si es que no son tan tontarronas como El Puma pajiolero.

Con tal escuela, se explica por qué El Gringo, más chico de los varones, cayó preso. Está en la Correccional de Menores. Siempre fue bochinchoso, travieso, amigo de garatas y abusos. Arrasaba los carritos de los ventorrilleros. Robaría frutas y, cuando chico, aún no adolescente, la artesa de los dulceros. Pegaba sin piedad cuando era provocado. Carterista. La impaciencia la tuvo, a flor de orejas, por terquedad de no querer oir, a quien lo surte de imploros, o de buenos consejos.

Lleva unos meses de penitencia en la Correcional después que asaltó la Farmacia Rabell frente a la Plaza de Recreo. Como La Providencia de Gerardo Pérez, es uno de los establecimientos más viejos en su ramo en Pepino. El saldo de su robo fue poco, centavería y menudencia que apenas sirvió para una sola noche de disfrute. El y otros rateros se fueron a La Plaza. Habían comprado unos dulces y cada cual un helado. Sobró muy poco y El Gringo dijo:
«Pal' carajo. El resto es mío; mía la idea del robo».

Haya sido mucho o poco, fue a don Chucho Rabell quien robaron. Y él viene, como dijo Don Funda, de una cepa de santos. Rabell, padre, fue Padre Espiritual de Pueblo Nuevo. El fabricó el primer parque. Cuando fue el Alcalde, don Narciso echó los cimientos a la luz del progreso. Fue tipo y figura del heroico Prometeo.

«Ese robo es como robar a tu madre», oyó que Fey Méndez, el Alcalde, le dijo.

«Rabell Cabrero fue santo», realegó Don Fundador, quien una navidad quiso que El Gringo saliera de la cárcel. Tenía nostalgia de su muchachito, al que sólo le adujo como tara, «es que es travieso; se ha criado sin su madre».

Dos meses más, El Gringo salió libre, por gestiones de Fey e imploraciones de Cubero, padre. El prometió, ante el Alcalde y Fundador Cubero, que trabajaría en la limpieza, higiene y embellecimiento citadino. Trabajar en lo que sea es mejor que la cárcel.

«Trabajarás para la Alcaldía; pero, un robo más que cometas y yo te mando hasta Oso Grande», lo advirtió Méndez Cabrero, el Alcalde.

Ha cumplido bien. Del primer cheque, sin que nadie lo pidiera, El Gringo repuso lo robado. Fue donde Chucho Rabell con el dinero y don Funda vio a su hijo arrepentido, lloraba porque decía:

«¡Don Narciso fue santo! Dio el parquecito a Pueblo Nuevo, nos hizo unas calles...»

Se refirió al hijo del médico catalán, que llevó su mismo nombre, al viudo de Consuelo Fernández, padre de nueve hijos! En 1906, el Gobernador William H. Hunt lo nombró Alcalde del Pepino.

Cuando don Fundador Cubero le conociera, le explicó a su hijo porque le parecía Don Narciso Rabell Cabrero, prócer de la Patria y el primer Padre-Fundador del Pepino moderno, ante el propietario robado, le declaró:

... que sin él no se tendría acueducto ni planta eléctrica ni buenas calles... y tú robaste a su hijo, cuyo ancestro es santo y de prosapia...

Y El Gringo lloró y quería arrodillarse ante Don Chucho como si éste fuera un sacerdote.

No lo permitió Rabell Fernández y, pocas semanas después de este incidente, al que pasara por la calle, frente a la Farmacia, con la cuadrillas de quienes trabajan con Sanidad y el camión de la basura, lo llamó.

«¡Gringo, te llamó don Chucho», le gritaron.

El viejito blanco, canoso, se apostó en la puerta de la vieja botica. Una caja, empapelada de azul, sostiene con sus manos.

«¿Qué se le ofrece, señor Rabell?», lo saludó El Gringo.

No esperó reacción ni más palabras. Don Chucho puso la caja en manos del muchacho.

«Un obsequio que te doy. Lo tienes merecido».

Con el mismo dinero que Gringo Cubero devolviera, le compró unos zapatos.

Este gesto cambió la vida del ex-ratero para siempre.

Ha sido ejemplar su comportamiento.

Es buena persona y honra regenerada de los Cuberos.

Del libro Leyendas históricas y cuentos coloraos

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Uno es un zorro viejo

Siempre el corazón
se vuelve a las cosas más simples.
No es madurez, sólo abandono
en pos del egoísmo decentemente impuro
por vivir observante, vigilante
del rostro.

Uno es un viejo zorro, reflexivo
y medita que la vida es recurrente,
rencorosa, y cela su camino.
La vida no lo entrega todo.
Uno es la cara más vieja de las cosas
(y algo nuevo está en las cosas,
sin que se nos halla mostrado).

Sólo se atestigua que la gota golpea
sobre la peña. En su lento oficio persiste
y agujera al fin, lo que se puede.
Se ríe porque envejeces y lloras.
Lo más hondo de tu agujero es juventud
que no te pertenece.

Tú no verás el fondo de la peña.
Antes te mueres con arrugas
y con la misma sed en la mirada.
Es amargo, a veces demasiado,
gotear interrogantes, más profundas, corazón,
herir la peña, pero con menos tiempo.

De Heideggerianas / Genealogía

Zu-sein / Habérselas

Zorrillo tonto, despojado, soy.
Clueco entre nidales y empalizadas
pío, zafacón del tenderal, huérfano perdido,
ser en extravío, cantáro lleno
de todo y nada, en zafariches, muino.

¿Dónde estás, Pastor,
que en descarrío te llamo?
¿Cuál es tu presencia, Zorro viejo,
que en el lenguaje me pierdo, sin sustancia?
Enséñame, Zu-Sein, los quiénes
a que hablo, si soy relativamente a
no sé qué mansedumbre.

El rasero me trajo de narices.
Si el existir es habérselas no existo.
Si encarar es vivir yo estoy agonizando.
Si hacer frente es palpitar, yo estoy inerte
y me apago en el mundo tenebroso de los útiles.

¿Dónde estás entre el Delfín y el Cisne,
dónde te constelas que no te veo
ni en el Sur ni en el Norte?

Zorro viejo, padre del perro bravo,
autor capcioso de la fuga
y rival de las cárceles del mundo,
muéstrame los peces con el cofre de hueso
y sus agallas salvajes y el poderoso escudo?

Díme qué existe debajo del pantano
y cómo se aúlla de rencor
en los desfiladeros.

4-2-1976 / Búsqueda de personas

Zorros viejos

En 1540, en brasa de tormento,
me habían quemado vivo. De mí
no quedó ni dominguillo con que espantar
la muerte y la colonia; pero en la Nueva Granada
los yalcones me lloraron y, como yo,
serían rebeldes, cimeros, indomables.

El procurado Zuhandenheit se armó
de la congruencia, de la solicitud
de lo aún no hallado: su heroísmo.
De turno, inesperadamente, fui el héroe
del Gran No, conciencia del destino.
Pedro de Añasco no tuvo tanta suerte.

Fue sedimento sin recuerdo
en el fondo del pantano. Quisieron
repartir mi pueblo en encomiendas
como útiles de oprobio,
como cosas y esclavos.

¡Pero no somos eso!
¡Somos gentes, Bewantnis
yalcones, zorros viejos, carajo!
3-12-1977 / Récord de Nacimientos


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